domingo 25 de diciembre de 2011

Esperanza


Unas manitas tibias acarician mis mejillas a la vez que una vocecita me susurra en el oído: ¡Llegó, mami, llegó! Abro los ojos mientras realizo un esfuerzo sobrehumano para entender: quién llegó, a dónde, para qué y quién me lo notifica. A la velocidad del pensamiento, muchos rostros pasan por mi mente: uno pecoso, adornado por un cabello castaño, rizado; uno moreno, de ojos enormes, con el universo en ellos; otro semioculto por una inmensa cuota de cabellos negros, brillosos, de ondas definidas; otro blanquísimo; otro exótico; uno de mirada traviesa.

El cerebro, adormecido, recorre una y otra vez todos los rostros, tratando de casarlos con la dulce voz que ahora me insta a levantar del lecho (que pude disfrutar muy poco esa noche) hasta dar con la mirada amplia, profunda, de un anciano de diez años con inocencia de cinco, el ángel guerrero, Príncipe de los espíritus celestiales, único ser humano que conozco desde que asomó su coronilla por el túnel de la vida.

Abrazo el cuerpito que tiembla emocionado y recuerdo la fecha de estos minutos sagrados: 25 de diciembre, nacimiento del Niño, esperanza, salvación. El amor se amelcocha en la mirada, todavía inocente, de mi nieto. Me despierta, me insufla de energía, me desentierra de la modorra que paraliza los días y atormenta las noches. Y me agarro de Su mano salvadora para Creer otra vez…

domingo 30 de octubre de 2011

La literatura: Elixir contra la realidad


En el pasado se creía que solamente los niños muy pequeños y los esquizofrénicos confundían la fantasía con la realidad. De hecho, el poder discernir entre lo real y lo ficticio era un signo de madurez que se tomaba en cuenta para los perfiles psicológicos de las personas. Con la llegada de la tecnología, se han ido difuminando estos conceptos, de una manera casi imperceptible. Cada día más son las personas (de todas las edades, sexo, etnia y religiones) que se sumergen tan profundo en la cibernética, que les cuesta reintegrarse a sus realidades. Es así, como al mirar los muebles en un catálogo llegan a pensar que poseen esta mesa, o televisor, antes de acordarse de que donde realmente se encuentra el artículo es en la realidad virtual de Yoville. Aunque sean personas reales, su círculo puede consistir en 100 ó 700 amigos que no conoce personalmente, pero con los que se comunica con frecuencia por facebook, algunos de los cuales puede que sean o no sean auténticos, puede que sean o no creaciones de otras personas, muy diferentes a como se venden en las redes. Y esto se hace sin que medie coacción ni aleccionamiento. Voluntariamente.
Este nivel de entrega y confianza, es algo a lo que aspira un escritor cuando ofrece su trabajo a los lectores. Credibilidad. Conseguir el compromiso del lector para que éste crea en la realidad que expone en su obra, por lo menos en el transcurso de esa lectura, es un logro que satisface más a un autor que la misma fama o el dinero.
Con la agitada y accidentada vida que experimentamos en la actualidad, es cada vez más difícil tratar de exponer hechos tan extraños, que no se estén viviendo actualmente. Comportamientos que antes se consideraban desviados, características increíbles, por morbosas, aparecen tanto en nuestros periódicos, que los escritores nos estamos quedando sin elementos sorpresivos en nuestros relatos. Todo es creíble en un relato, siempre y cuando exista la concordancia y una consistencia más o menos firme.
En el cuento La noche bocarriba, de Julio Cortázar, el protagonista se regodea en la cotidianidad, muy real y familiar, de su entorno, antes de las súbitas entradas y salidas de un sueño que lo lleva a cuestionarse al final cuál es su realidad y cuál es el sueño. El final abierto logra que el lector se ubique ante la, tal vez angustiosa, decisión de cuál realidad aceptará como buena.
En relatos como Crónica de una muerte anunciada, la séptima novela de Gabriel García Márquez, la historia se basa en un hecho histórico ocurrido en Colombia. Se considera su obra más "realista". A este respecto dijo Márquez en una entrevista: "No hay ni una sola línea en ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real." y en este libro es indudable.
Si nos acercamos a la literatura contemporánea y mejor aún, a la puertorriqueña, tenemos la oportunidad de experimentar en un relato muy corto del escritor Juan Félix Algarín, aquí presente, “El maligno” del libro Vivir del cuento, la casi presencia de un ser maléfico tras la espalda del lector. La mayoría de los lectores manifiestan la sensación de realidad lograda en las cortas líneas del microrelato. De esta misma forma y en el mismo libro, el cuento “Caricias que matan” parte de una realidad: la invasión de garrapatas en un hogar cualquiera, el suyo, el mío, el del vecino, al punto de que la desesperación lleva al protagonista al borde de la locura y siente la urgencia de destruir al invasor, las garrapatas, independientemente de lo que se lleve por el medio. Así es que vemos la aleación, más que interacción o combinación, de la realidad y la fantasía en la mente del protagonista, al punto de que el lector se cuestiona la validez de la conclusión (la que al fin y al cabo tomará el lector o lectora misma).
El compromiso que el autor consigue con el lector es posible ya que, según la misma ciencia no ha podido explicar con exactitud el funcionamiento y desdoblamiento de los pensamientos en el cerebro humano, estos se dan en la mayoría de los casos espontáneamente, sin que medie una planificación o análisis hasta después de su manifestación. Es decir, el lector no planifica: esto que voy a leer es imposible, no es realidad, es solo un cuento que me hace una persona hábil con las ideas y las palabras. El lector, si ha creído en la propuesta del autor, se encuentra inmerso en el relato para poder disfrutarlo a cabalidad. Aunque más tarde se ría (u horrorice) de las imágenes con las que su cerebro se distrajo por unos momentos.
En la película “Stranger than fiction” escrita por Zach Helm, la realidad es más extraña que la ficción. La promoción gancho lee: He’s not crazy, he’s just written that way (Él no está loco, solamente está escrito de esa manera). Una cita significativa a nuestros efectos: Tienes razón. Este narrador puede muy bien matarte. Así que humildemente te sugiero que te olvides de todo esto y continúes viviendo tu vida. (“You were right. This narrator might very well kill you. So I humbly suggest that you just forget all this and go live your life.”) (Jules Hilbert, el siquiatra a Harold Crick, el protagonista). El escritor es como un dios que puede matar o salvar a su personaje. Sin querer entrar en consideraciones religiosas, lo vivimos desde la niñez: el día de nuestra muerte está predeterminado. Alguien ya lo sabe. Está escrito. ¿Eso es todo? ¿Sin alternativas? ¿y qué del libre albedrío? ¿Cuál es el cuento, cuál es la realidad? Estamos bombardeados de contradicciones. Si no es así ¿por qué todo lo que me gusta engorda, hace daño o es pecado?
Lo que me lleva a la teoría que ahora les propongo: somos mentales en esencia; especulativos, inquisitivos. Lo somos, aunque los “adultos” nos quieran programar otra cosa (recuerden que retar la autoridad es malo). Desde niños, cuando nos leían los cuentos de hadas, y más tarde, cuando las buscábamos en los comics, en los muñequitos, en las películas, en los libros, nos secuestra la idea del “y que tal si…” (el what if americano). Ese escape es el que nos permite entretener la mente en un mundo alterno, ejercitar unos espacios o neuronas, como les quieran llamar, sin que caigamos en una esquizofrenia permanente (o real) y nos permita salir ilesos para continuar con las verdaderamente extrañas situaciones de la vida real. Si esto es cierto, entonces la literatura cumple una misión vital en la sociedad.
La literatura, como una medicina, nos mantiene alerta para evitar que caigamos en la locura permanente de la realidad.

miércoles 31 de agosto de 2011

Leyenda dedicada a mi amigo Pablo y a las Musas



Cuenta la boca del pueblo, que orgulloso de su don,
Marsías retó al dios Apolo, pensándose vencedor.
Al derecho y al revés tocaba la lira el dios,
y en la flauta no podía, hacer lo mismo el pastor.
Por más que tratase el hombre de superarse en el duelo,
A soplar, sólo alcanzaba por entre llaves y huecos.
El final, fue decidido por las Musas en derecho,
Perdió Marsías la vida, más el orgullo en el reto.

Ahora



Hartera del amargo de lágrimas
(que mienten su existencia)

Cansancio de músculos que aprietan
diente contra diente,
sangrando la boca,
fatigando el aire que revienta los pulmones.

¿Cuánto es suficiente?
¿Por qué el dolor es más solo con los años
y el sentimiento extraño
(al llegar a la vejez)?
¿Por qué?
¿Por qué ser diferente en el otoño,
cuando se tuvo entre la saya…
el frescor
(de la primavera)?

¿Qué cambió ese pecho?
¿Quién cambió las reglas?
No es el no importar,
es el no reconocer
(el cuerpo propio)
olvidar
relajar las quijadas,
no
echar
de
menos
la
piel
erizada.

Porque el dolor se fusiona con el ser,
lo define,
ocupando el espacio vital de…
la libertad del suspiro.

Ay, lágrimas invisibles
¿por qué no descansan
(o se descubren)
de una vez y por todas?

Que esa amenaza ahoga,
más, ay más,
que el mucílago libertador
del pájaro azul.

Cinco días



Ni siquiera una semana completa de visita a “La gran manzana”, me tomó el observar algunos aspectos de nuestra realidad, como especie. Los puertorriqueños:

1. no somos los únicos alborotosos, ni los más descorteces, fuera o dentro de la Isla.

2. nos reconocemos y complacemos cuando nos encontramos fuera de nuestra tierra, como los compatriotas de otras naciones.

3. somos agitados, por el piloto y el equipo de vuelo, para que aplaudamos al aterrizar el avión.

También observé que el calor no es tan malo, después de todo, especialmente si se comparan nuestros 80º con los 29º de la primavera de Nueva York, o la cantidad de ropa que hay que ponerse y quitarse cada vez que se sale o entra de los espacios cerrados, además de lo incómodo que me resulta el aire seco de los interiores en tiempos de frío.

Que la gente, allá, no se mira mientras camina, unas veces por el frío del ambiente, otras por el de los corazones.

Que la criminalidad y los accidentes automovilísticos y la eficacia o falta de ella, en términos del desempeño policiaco, es similar.

Que el tren subterráneo puede resultar un símbolo más exacto, de la vida en esa complicada ciudad, que la manzana, o la estatua de la libertad, así como el helecho en cierta medida podría simbolizarnos a nosotros.

En este corto pensamiento, no quiero detenerme en los dos dólares por botella de agua Dasani, en cualquier farmacia y que en esa misma línea, cualquier desayuno barato puede salir en catorce dólares. Ni, mirando lo positivo, en lo grandioso de sus espacios, decoraciones y atención a los detalles en los lugares públicos.

Quiero, en cambio, concluir que a pesar de que reconozco que podría sobrevivir en ese ambiente, estoy muy feliz por regresar al calorcito general de mis 100 x 35, los tapones y el idioma.

Y, caramba, que no puedo negar que lo de caribeña va más allá del color tostado de mi piel.

lunes 22 de agosto de 2011

Un paso más


(Por Antonino Geovanni)

Maestro de su propio aprendizaje. Constructor de fuertes cimientos sobre pechos baldíos. Conquistador de tierras salvajes. Los dolientes hoy recuerdan tu vida.Memorias de la ternura que emanaba de tus ásperas manos hoy viven en mí.Tus fuertes espaldas cargando mis sueños de niño. Aquella dulce mirada entre tu inquebrantable carácter.Firmeza en tu pensar ante la duda. Paredes silentes que hoy veneran tus huellas. El vientre del mundo susurra tu nombre. Un mar de concreto rompiendo sobre costas de cal. Los dioses han diseñado tus planos.Has sido medido y pesado. Es tiempo de edificar nuevas vidas. De ser libre de esa prisión de tejidos. Ven, viste tu traje de gala, y cuelga tus harapos en aquel viejo armario. Camina hacia tierras altas,pues tus ciudades te esperan ansiosas. Atraviesa ese último útero y verás de nuevo la luz. Has dejado tus temores atrás, pues conoces bien tu destino. El lecho que guardó tu silueta hoy permanece vacío.Cambiar de ropaje no es muerte, es sólo el nacer de la vida.Sobre blancas arenas has dejado tus pasos, y allí permanecerán por siempre. Sobre tu amada tierra impregnaste tu aliento. Un aliento tan fuerte que turbó hasta los vientos. Hoy llueve sobre tierra mojada,pues quien te vio nacer llora tu partida. No lloramos por ti, pues al fin eres libre, sino por nosotros que nos quedamos sin ti. CARMELO MIRANDA, QUE VIVA EN ETERNA PAZ, PUES PARA LOS GRANDES ESPÍRITUS NO EXISTE DESCANSO.

domingo 31 de julio de 2011

sábado 30 de julio


La mañana:
Otra noche difícil para mi padre y su cuidadora. A pesar de su dosis de Restoril y Xanax, despertó a la una de la madrugada con un grito hondo, desesperado, seguido por incontables ayes susurrados. Así estaba cuando llegué a su dormitorio. Tina lo acomodaba, lo acariciaba, le hablaba en voz baja con su boca muy cerca del oído. Él parecía no escucharla ni sentir las caricias de aquellas manos samaritanas que intentaban aplacar su incomodidad. Tomé su lugar junto al lecho de mi padre. Pasé mi mano por las blancas hebras del cabello anciano. Pedí su bendición. Contestó con un suspiro, no sé si de respuesta sin palabras, si de queja o de cansancio acumulado. Le hablé de lo mucho que lo amo, de lo importante de su ejemplo en mi vida a través de los años. Le hablé del infinito amor del Dios que junto a mi madre me mostrara desde niña. Le hablé de mis libros, de mis nietos, le conté anécdotas graciosas, recosté mi cabeza en su almohada, para que me sintiera cerca. Solo quejidos salieron de su boca. Ni por un segundo abrió sus ojos. La luz del amanecer se coló entre algunos agujeros de la persiana. Miré a Tina que cabeceaba sentada en su cama, negándose unas horas de sueño, como si se tratara de su padre también. Miré el reloj. Ya era hora del desayuno. Mi esposo estaría despertando en ese momento. Imaginé su gesto serio al echarme de menos en la cama; lo vi tantear en la mesita de noche, encontrar su teléfono, buscar los mensajes recibidos, leerlos, contestarlos, alejarse cada día más del hogar que compartimos. Me dirigí a la cocina. Preparé la cafetera y puse a calentar el sartén mientras cortaba en pedazos el jamón y la cebolla. Batí los huevos. Los gemidos de mi padre se escuchaban por el intercomunicador. Rellené la tortilla, sazoné el café, acomodé la taza junto al vaso con jugo de naranja, el banano, y el platillo, en la bandeja. Casi olvidaba los cubiertos, cuando escuché otro lamento urgente de mi padre y la voz de Tina preguntando ¿dónde le duele, abuelo, es aquí? ¿la cabeza? ¿la espalda? ¿qué es abuelo, el pecho? “La vida”, le respondió mi padre, “me duele la vida”. Llevé la bandeja a mi dormitorio. Entreabrí una ventana, me detuve un segundo a observar un pajarito que picoteaba el trapeador que había olvidado la noche antes, junto a la pileta. La diminuta avecilla halaba uno de los flecos del trapeador, se acercaba, tornaba a halarlo. Su lucha obstinada no cesó hasta que logró desprenderlo. Antes de que me separara de la ventana, ya el ave surcaba el cielo con su pedazo de nido. Tonta como soy, tuve que secar la humedad que nublaba mi visión. Me dirigí al pasillo y toqué suavemente la puerta del baño para avisarle a mi esposo que su desayuno lo esperaba en el dormitorio. Regresé a la habitación de mi padre. Está tranquilo, susurró Tina. Miré la puerta entreabierta del sanitario de la planta baja y me percaté de que tenía urgencia de usarlo, desde hacía mucho rato.


La tarde:
Preparé el almuerzo: arroz blanco, habichuelas guisadas, pollo encebollado. Lo hice todo muy de prisa pues quería asegurarme de que mi nieto comiera antes de que el padre lo viniera a buscar. Tina trató de dar la dieta a mi padre. Casi no comió; tan pronto se ahogó dejó de alimentarlo y lo mantuvimos semi sentado para tratar de que respirara mejor. Las horas que siguieron fueron angustiantes. El tosía corrido y hacía un sonido extraño con su garganta, como si tuviera carraspera y quisiera expulsar algo de su esófago. La brega fue intensa: él, entre tosidos y lamentos y nosotras, tratando de acomodarlo para que vomitara, si fuera necesario. Después del derrame cerebral, a él se le hacía casi imposible escupir y todo lo que tragaba, con mucha dificultad, debía tener una consistencia cremosa: ni muy líquida ni muy espesa. Yo me encargaba personalmente de preparar sus alimentos y congelarlos en envases individuales. Es un cocido sumamente nutritivo: espinacas, brócoli, zanahorias, calabaza, gandules y pollo. A esto le agrego un poco de sofrito y aceite de oliva, luego de dejarlo refrescar un poco lo muelo en la licuadora y congelo hasta su uso. Tal vez todo esto debiera escribirlo en pasado, porque hoy tuvieron que pasarle un tubo nasogástrico para la alimentación. De ahora en adelante todo lo que ingiera, tendrá que ser tan líquido como la Glucerna; hasta los medicamentos molidos tapan el tubo a veces. Fue doloroso verlo soportar la inserción del tubo. Me siento un tanto vana al pensar en mi dolor, cuando en realidad es él quien sufre esa cama, esa parálisis de su cuerpo, esa limitación de todo menos de sus pensamientos, que existen solo para torturarlo y recordarle que ya no puede hacer por sí solo ni siquiera lo más básico; que tiene que permitir, con mucha vergüenza, que limpien sus desechos y exploren su cuerpo mientras lo bañan (él, que nunca se dejó ver sin camisa ni en su propia casa). Ay, Padre amado, en lugar de liberación, me sirve de condena tu sufrimiento. A pesar de lo que me enseñaste desde la niñez, encuentro injusto este tormento que vives por tanto tiempo.



La noche:
Llegó. Se mantuvo un largo rato en el auto, como siempre. En el recibidor, a través de la ventana, lo observé con el celular apoyado en el oído. Movía la cabeza asintiendo… y me pareció que sonreía. Torné a la computadora tratando de convencerme (otra vez) de que no me molestaba. Comenzaba la página veinte, cuando entró. Traía la ropa de la lavandería: dos camisas y un pantalón nítidamente planchados, colgados de sus ganchos y cubiertos por la bolsa transparente. No me miró. Me levanté y caminé hacia él, para besarlo. Lo busqué en sus ojos y no encontré nada. Unos labios duros y fríos recibieron mi beso, sin dar nada a cambio. Caminó hacia el perro, que solícito lo llamaba, con ladridos, brincos y movimientos rítmicos de una cola contenta. Se agachó para tomarlo en sus brazos, acarició la cabecita peluda y le susurró algunas palabras melosas mientras se dejaba lamer el rostro. Caminó hacia el dormitorio con el cachorro contra el pecho, mientras acomodaba la cartera, la ropa y las llaves en la mano libre. Me disponía a llamarlo, preguntarle por su día, hablarle acerca de lo difícil que habían sido las pasadas horas con mi padre enfermo, pero en ese momento escuché otro lamento de papá llamando a su hermana muerta.